domingo 25 de octubre de 2009

Mi vida es sueño

Y los sueños, sueños son.

Hacía mucho tiempo que no escribía, debido siempre a que he perdido la falta de interés o motivación para ello. No encontraba un tema sobre el que hablar que realmente me motivara o que necesitase transmitir.

Aquellos que me conozcáis sabréis que me gusta expresar siempre mis sentimientos, motivo por el cual solía escribir sobre mis triunfos, mis fracasos, el amor, la amistad o simplemente experiencias vividas que quisiera transmitir.

Sin embargo, los últimos han sido siempre sobre tristeza, melancolía, desasosiego, pena... todo ello motivado porque lo que antes podía serme suficiente ahora ya no lo es. Pero ese no es el motivo por el que he empezado a escribir esta noche, sino por otro muy distinto: Mi realidad.

Mi vida es un sueño... que no controlo yo.

Muchos días me levanto pensando si lo que he soñado era cierto, o si no era más cierto que lo que viviré ese mismo día. Quisiera saber como distinguir sueño de realidad para poder dejar de soñar cuando aún es el principio, cuando aún no he sentido nada, cuando aún la falsa ilusión tan solo es un esbozo de lo que se convertirá y que me arrastrará como una vorágine hasta el fondo del mar.

Vivo esclavo de mis sueños, los siento tanto como si fueran reales, los vivo, los peleo, son ilusiones que se hacen casi tangibles, para luego volver a desaparecer como lo que son: ilusiones.

Y conmigo han estado desde hace mucho tiempo, marcando el ritmo de mi vida, dándome grandiosas alegrías y tremendos disgustos. Son las artífices de mi sonrisa, así como de mi desgracia, convivo con ellas desde siempre y quizá no me libre jamás de ellas.

Quisiera ser capaz de controlar mi vigilia, de cerrar mis ojos a los espejismos, puesto que luego sufro por ellos. Quisiera ser capaz de controlar mis ilusiones, poder ver a través de ellas y tomarlas como meras nubes de humo que me entorpecen la visión de la realidad que tapan.

Pero es más, quisiera no volver a sufrir jamás por mi culpa, de modo que abriera los ojos un día de par en par y supiera por siempre lo que realmente quiero, lo que busco, lo que necesito, lo que en realidad me rodea y, sin lugar a duda, que todo aquello que tenga delante en el futuro será... completamente... real.

jueves 9 de julio de 2009

Impermeable

La impermeabilidad es una característica de los materiales por la cual fluídos como el agua no son capaces de filtrarse a través de ellos.

He de decir que cuando escribí el post anterior me sentía completamente impermeable a cualquier sentimiento, cualquier alegría o pena. Claro está a excepción de la brecha que había acontecido. Poco después puedo asegurar que la brecha se cerró y volví a dejar de sentir, más el tiempo que estuvo abierta algo quedó dentro.

Durante meses he sido impermeable de nuevo, pasando de todo, sin que nada pudiera hacerme mella alguna. Esto era así porque todos mis pensamientos estaban volcados en mi distracción favorita: el WOW. Mientras jugaba nada externo me podía hundir, o alegrar, ya que estaba inmerso en un microcosmos que copaba todo mi tiempo libre.

Sin embargo ocurrió un suceso allí que volvió a hacerme nuevamente una brecha y, herida sobre herida no ha vuelto a cerrarse. La gente en quien confiaba me dejó de lado, el esfuerzo que había invertido se fue a la basura, y fue entonces cuando comprendí que no podía seguir pasando de la vida real, que tenía que darle mucha menos importancia al juego y volver a vivir, a sentir, a ilusionarme pero también a morir.

De este modo desde hace un par de meses mi impermeabilidad ya no existe, las cosas me vuelven a afectar aunque controlo mejor mis sentimientos, pero a cambio vuelvo a ilusionarme (aunque aún me falta mucho para volver a lo que fui) y también a deprimirme. En resumidas cuentas, vuelvo a un estado pre-erasmus aunque el mundo a mi alrededor dista mucho de aquel que dejé.

Gracias a todos los que después de 7 meses sin escribir absolutamente nada me seguís siguiendo y que seréis de los pocos que se enteren de mi regreso puntual.

PD: El post anterior lo he publicado hoy también aunque data de Diciembre, ya que no puedo escribir sobre el cambio que estoy teniendo si no sabeis como me sentía antes.

jueves 18 de diciembre de 2008

Una brecha en mis defensas

Ayer me ocurrió algo que había olvidado desde hacía ya meses: sentir.

He pasado muchos meses con un aura alrededor que contenía casi siempre mis sentimientos, con únicamente ínfimas fisuras provocadas por motivos muy excepcionales como pudiesen ser el aniversario de algo muy triste o una discusión con alguien extremadamente importante para mí.

El resto del tiempo me ha mantenido impasible, sin permitir que casi ningún sentimiento aflorara desde mi interior, protegiéndome de una realidad como la que ahora vivo que no me llena casi en lo más mínimo, donde sigo sin sentirme parte de nada, donde he perdido casi todos mis lazos sociales y donde lo que un día me importó se aleja de mi sin prisa pero sin pausa.

Un aura que he alimentado día a día y que me ha mantenido a salvo de mis sentimientos, de no pensar en nada, de olvidarme de todo lo malo… pero también de lo bueno, que me ha alejado de casi todo para cortar por lo sano y evitar que me hiera a mí mismo.

Sin embargo, dicha aura no es impenetrable ni inexpugnable, algo que ha quedado comprobado en las últimas horas. Tiene una resistencia, una elasticidad, ya que todo aguanta hasta un límite. Ayer se vió atacada por todos lados, desde dentro como desde fuera, una vez tras otra, hasta que se ha fracturado.

Me imagino que, dado que volveré a esforzarme en cerrar dicha fisura, pronto volveré a no sentir nada de nuevo, volviendo a importarme casi todo lo más mínimo y evitando el sufrimiento innecesario, pero ahora mismo, sin poder evitarlo, la grieta está abierta y siento, sufro, padezco y muero...

viernes 12 de diciembre de 2008

La última despedida

- “I wish you good luck”, me dijo Christian.
- “You too. Auf wiedersehen”, le respondí.

Hacía algo más de una hora que había presentado mi proyecto fin de carrera y, tras la fiesta de celebración (con “sidra” alemana y bollos) a la que acudí sin saberlo de antemano, había tenido que quedarme con mi tutor haciendo un CD con todo el contenido de mi Diplomarbeit, así como un índice para este.

Eran sobre las ocho de la tarde y como siempre el cielo estaba encapotado, cayendo una lluvia casi invisible de las que te cala completamente. Me acerqué a la parada del autobús y contemplé por última vez aquel edificio en el que había vivido prácticamente desde el mes de Abril, donde había visto pasar las horas con mi portátil, donde había realizado por completo mi PFC. Un edificio de cristal, rodeado de árboles frondosos y pequeños chales alrededor del pequeño lago de aquella fría ciudad alemana.

El autobús tardó poco en venir, ya que aunque había estado en España el último mes y medio, me conocía los horarios a la perfección porque, aunque había vuelto únicamente para tres días, me parecía como si hubiese permanecido allí todo ese tiempo. De modo que me subí y me encaminé hacia el centro del pueblo con la intención de celebrar conmigo mismo el haber acabado aquel monumental trabajo y estar a tan sólo un paso de acabar mi larga carrera.

Mientras veía pasar las luces de los pocos coches que circulaban, así como las ventanas iluminadas, pensaba en dónde me iba a dirigir cuando aquel autobús parara. En realidad lo había tenido claro desde el principio, pero siempre me quedaba la duda de última hora por si debía volver a casa de Fran, quien amablemente me había acogido durante mi corta estancia en Diciembre. De todas formas él no iba a estar en casa, de modo que tampoco tenía muchas ganas de volver, así que no lo dudé más y me bajé en la parada de Neuhaustör.

Seguían cayendo algunas gotas pero quería disfrutar de un último paseo por las calles de aquella preciosa ciudad en la que he vivido quizá el mejor año de mi vida, de modo que me encaminé hacia la catedral con paso lento, disfrutando de todos y cada uno de aquellos minutos en soledad.

Pasé a través del pequeño parque donde nacía el río Pader, que tenía un estanque donde tanto nos gustaba ver a los patos; subí hacia la plaza donde estaba Artussa, donde durante un tiempo nos habíamos comido innumerables copas de helado; pasé por delante de la catedral, donde le hice mi primer regalo, justo un año antes y, finalmente, llegué a mi destino: el Edoki.

Hacía ya mes y medio que no lo había pisado, más nada había cambiado en absoluto. Según entré el cocinero me saludó y me senté en la barra, cerca de él, ya que era la única persona que allí conocía y quién me podría hacer algo de compañía en la solitaria celebración de mi presentación del PFC.
Pedí un menú número doce, aquel que había estado disfrutando una vez por semana durante el tiempo que estuve solo en Septiembre y Octubre, aquel que tenía la mejor combinación de Nigiri y Maki Sushi que podía ofrecerme y que sin duda sería la única fuente de alegría que podía ayudarme a celebrar mi mérito académico. Para abrir boca pedí además un sashimi pequeño, ya que los precios de aquel restaurante eran muy inferiores a mi restaurante favorito de Madrid y me lo podía permitir.
Para acabar el cocinero, amigo mío ya por aquel entonces (hasta me conocía por la voz cuando llamaba para reservar), me regaló por mi despedida una ensalada japonesa de las que solo allí he probado tan buenas, de modo que cuando acabé con todo aquel festín mi estómago no admitía ni un bocado más: había cumplido mi único deseo posible allí, en mi soledad, en aquella ciudad lejana, lejos de todos, pero tenía mi pequeño momento de felicidad.

Cuando salí me encaminé hacia el autobús, pero como aún eran poco más de las nueve decidí que podría pasarme a saludar por mi antigua casa, así como quizá conocer al nuevo inquilino de mi habitación. De este modo llegué hasta allí y miré mi casa desde el patio, comprobando que tres de las cuatro ventanas estaban iluminadas, así que subí las escaleras y llamé a mi casa.
Me abrió la puerta una cara conocida: un chavalín de diecinueve años con quien había entablado amistad desde Septiembre y que me acogió con una gran sonrisa. Allí estuve con él, con Mou (mi vecino de todo el año) y con el nuevo inquilino de mi habitación, que resultó ser también teleco y llevar coleta como yo, jeje (aunque no era español). Disfruté realmente ese buen rato en su compañía, así como en mi antigua casa, donde bebí algo por cortesía de mis antiguos vecinos, hasta que a la hora decidí volver a casa de Fran.

Me encaminé hacia su residencia, que estaba situada al otro lado de la Universidad, a unos diez minutos andando cuesta abajo desde allí.
De nuevo quise disfrutar de este último paseo, mirando la Universidad mientras la atravesaba por su centro, sabiendo que no volvería a pasar por allí y, como no, recordando todo un año de sensaciones, amistades, buenos momentos y paseos, paseos y más paseos a su lado.
Según bajaba giré la vista hacia la casa donde Pablo había vivido desde Enero pero que ya no estaba ocupada por él, siguiendo mi camino hasta la entrada de Peter-Hille-Weg 13 donde Fran residía. Sin embargo algo tiró de mí hacia atrás, tenía que acercarme un momento a Peter-Hille-Weg 11 antes de dormir, no podía volver aún, así que me dirigí a la otra residencia de estudiantes situada a escasos cincuenta metros de allí.

Me paré delante y lo contemplé…
Aquel edificio era para mí quizás el más importante junto a mi antigua casa en la que había estado hacía escasos minutos. Fue y será por siempre un mausoleo de recuerdos, un sitio donde nunca debería volver a entrar, un lugar para el recuerdo que no debe ser manchado ni actualizado.
Miré fugazmente al frente… viendo si había luz en las ventanas que conocía, a sabiendas de que quien ahora residiese allí sería alguien totalmente ajeno a mí, de modo que tras un minuto contemplándolo bajé la vista, a sabiendas de que Lu no asomaría la cabeza por el balcón.
Sin embargo aún me quedaba algo más importante por hacer…
Rodeé el edificio por su izquierda, entrando al patio central donde, en el frente, a dos metros de alto, se encontraba una habitación iluminada, su habitación... A través de su cortina amarilla solo se podía ver que el interior estaba iluminado, aunque en caso de haber estado descorrida hubiese visto tan solo el techo blanco como cada vez que había entrado allí.
Una sombra cruzó la ventana en ese momento y mi corazón dio un pálpito… porque sabía que era el nuevo inquilino, alguien que por un momento pensé que debía conocer, alguien que habría cambiado la decoración de su habitación, más decidí inmediatamente que debía alejarme de aquel lugar al que ya no pertenecía…

Aquellos que me conocen bien sabrán que mi reacción a continuación fue una lágrima, dos, tres… miles, ya que me giré y salí de allí para no volver jamás. Me estaba despidiendo para siempre de mi pasado, de los últimos recuerdos de mi mayor felicidad, de haber vivido con ella día tras día, de haber compartido ese año en su compañía, de haber sido feliz a su lado… No os podéis ni imaginar la tristeza que me invadía en aquel momento, ya que aunque nos veríamos en dos semanas en España, sabía que sería un oasis en un camino desértico en comparación con el paraíso del que habíamos caído, ya que todo mi mundo había quedado hecho añicos al separarnos porque sí…
En aquel momento se paró el tiempo, me hundí eternamente…
Mi mayor felicidad habría sido compartir aquel momento de gloria, de orgullo, de supuesta alegría… con ella a mi lado, porque fue ella quien me animó a seguir adelante día a día, quien me apoyó cuando estuve a punto de dejar el proyecto, cuando no podía más… Ella fue mi familia y mi hogar, mis ilusiones y mis sueños, el centro de mi vida.

Sin embargo, volví con la cabeza gacha a casa de Fran, quien tampoco estaba, y me acosté… ya que aquella noche me dijo que dormiría fuera… para volver a España el día siguiente, definitivamente.


Esta es la historia de un día que debía haber sido uno de los más felices de mi vida, una historia que pasó hace –hoy- un año; el aniversario de una de las despedidas que más me han marcado, mi vuelta a una vida “real” que no reconozco, en la que aún no he conseguido volver a encajar, ya que mi Erasmus, junto a ella, me cambiaron para siempre…

jueves 6 de noviembre de 2008

Do not forget

Darion Mograine:
- ¡Padre, has vuelto!
- Has estado fuera durante mucho tiempo, padre.

Comandante Alexandros Mograine:
- Nada podría impedirme alejarme de aquí, Darion. Ni de mi casa, ni de mi familia.

Darion Mograine:
- Padre, mi deseo es unirme a tí en la guerra contra los no-muertos.
- ¡Quiero luchar, no puedo quedarme de brazos cruzados por más tiempo!.

Comandante Alexandros Mograine:
- ¡Darion Mograine! Tienes apenas edad para empuñar una espada, mucho menos para incorporarte a la batalla contra las hordas de no-muertos que asedian Loarderon.
- No podría soportar el perderte... no quiero ni imaginarmelo...

Darion Mograine:
- Si tuviese que morir padre, prefiero hacerlo en pié, desafiando las legiones de no-muertos.
- Si muriese... ¡que sea junto a tí en la batalla!

Comandante Alexandros Mograine:
- Hijo mío... llegará un día en que seas tú quien empuñe la Crematoria, y con ella en tu mano, consigas que la justicia llegue a esta tierra desolada.
- No tengo la menor duda de que cuando llegue ese día, traerás de vuelta el orgullo a tu gente, y que Loarderon será gracias a tí un lugar mejor.
- Pero... hijo mío... hoy no es ese día.

- No lo olvides jamás...


Traducción de un diálogo extraído de la segunda expansión del World of Warcraft.

jueves 30 de octubre de 2008

V635, historia de un movil pródigo ( Segunda parte)

En aquel momento me puse realmente nervioso, ya que aquel móvil tenía mucha más importancia que ningún otro objeto que me hubiese llevado a alemania.

En primer lugar llevaba dentro de sí tres SIMs distintas: la nueva de O2, la mía española y una tercera que me habían prestado para realizar llamadas mucho más baratas. Tres tarjetas significaban una infinidad de números de teléfono, mensajes, etc. así como la necesidad de tener que solicitar una copia de cada una de ellas, estando yo pues muy lejos de españa.
En segundo lugar significaba que había perdido mi tan querido móvil, que me había acompañado por todo un año haciendo infinidad de fotos, así que perdía mi cámara de fotos también.
En tercer lugar perdía las fotos de aquel día, fotos que para mí significaban mucho puesto que aquel día me había hinchado a hacer fotos a la que sería mi niña varios meses después, ya que aquel día fue cuando realmente me fijé en ella, cuando me dijo que no quería fotos y yo me piqué con ella para hacerle todas las que pudiera jeje.

Mi primera reacción fue por tanto volver con los granjeros y decirles lo ocurrido, tomando pues la decisión de volver sobre nuestros pasos a buscarlo.
El primer sitio donde fuimos fue donde tiramos la paja, pero en medio de la noche y sin casi luz me fue imposible encontrar el móvil. Revolvimos la paja, intentamos escuchar la vibración, pero no hubo manera.
De ahí nos dirigimos al molino que escalamos, revisando primeramente la zona interior donde estaban los arneses... nada de nada. Salí y miré alrededor, por el pasillo, la hierba lateral, la zona donde estaban los coches... nada. Al final decidimos volver a PB, así que tuve que dar por perdido mi móvil, sin aún asumir lo que había perdido.
Volvimos en el mini coche del granjero loco y nos demostró que realmente su locura era infinita: nos llevaba a 90km/h por pequeñas carreteras de campo con curvas pronunciadas y solo un carril por sentido, así que ibamos agarrados a todo, ya que llegamos acojonados. Una vez llegamos intercambiaron los moviles Dri y él, ya que conmigo no había forma de contactar, rezando porque me pudiera dar noticias algún día.

El día siguiente me levanté nervioso y decidí volver a aquella granja, de modo que cogí el autobús que me llevaba al pueblecito cercano, a 30km de mi casa. Como pude encontré en el campo el molino donde habíamos tirado la paja la noche anterior (google maps y mi imaginación me llevaron a ello, puesto que yo había salido de allí en la más oscura noche). Me llamé con el movil de Dri pero nunca llegué a encontrarle, registrando todos los montones de paja, uno a uno, durante una hora y media. Decidí pues volver por la carreterita hasta el pueblo, por si había caido en un lateral pero sin ya ninguna esperanza.
El autobús pasó a medio día, ya que habían escasos cuatro autobuses al día, pudiendo pasear por aquel pueblecito rural de una sola calle durante casi otra hora más. Volví realmente triste hacia mi casa, ya que además había perdido un día de clase entero donde la asistencia era obligatoria en un alto porcentaje de clases. De camino se me ocurrió llamar al único alemán que podía ayudarme de verdad: a Olliver. Este chico hizo Erasmus en mi universidad justo el año anterior y estuvo conmigo en clase, que fue donde entablé amistad con él. Mientras volvía le conté toda la historia, preguntandole si había alguna forma de que la policía pudiera localizar mi móvil y me respondió que no creía que se entretuviesen en esas cosas, pero que si quería localizarlo solo tenía que registrarme en internet en O2 y allí había un servicio de localización geográfico.
Sorprendido quedé con él por la tarde y fuimos juntos a la oficina más próxima, donde me registraron y desde allí pude ver dónde estaba mi móvil: ¡al lado de mi casa! Eso me dejó completamente perplejo, ya que no imaginaba cómo había podido acabar allí mi móvil (para los que piensen que lo llevaba encima de alguna manera les diré que no, nunca me lo traje yo de vuelta). Así que fuimos donde decía que estaba mi móvil y comenzamos a preguntar por las casas y oficinas.
No hubo manera, el móvil no lo tenía nadie, pero me dijo algo que yo, inconsciente de mí, aún no había pensado: poner un email a todos los estudiantes de intercambio por si alguno lo había encontrado, así como poner carteles por la uni si nadie respondía.
Esperé por varios días antes de colgar ningún cartel y, cuando ya había asumido la pérdida, me avisó Dri por email que el granjero había quedado conmigo a mediodía en el comedor de la uni (la Mensa) porque ¡tenía mi móvil!. Nervioso fui a buscarle y cuando me lo dió no me lo podía creer, estaba allí, intacto, perfecto... ¡y con batería! Todas mis SIMs, mis sms, mis fotos, todo.
Cuando le pregunté me dijo que se lo había dado el representante de la empresa eléctrica, ya que debía de haber caído de alguna manera al interior de su coche cuando me acerqué a por un poco de bizcocho, ya que estaba la puerta abierta y, al ser de noche los que montaron no se dieron cuenta. Los días posteriores quedó allí dentro seguramente y nadie lo notó porque quizá llamaba cuando no había nadie. Nunca he llegado a saber la historia exacta de su lado, ni cuándo se percató de que estaba allí, pero yo tenía de nuevo mi móvil y todo volvía a la normalidad.

lunes 20 de octubre de 2008

V635, historia de un movil pródigo ( Primera parte )

Habíamos ido de excursión a varios kilómetros de la ciudad. Éramos un gran grupo de estudiantes de intercambio que habíamos ido a pasar el día en lo que comúnmente se denomina "el campo". Tras una gran barbacoa nos dispusimos a subir a lo alto de los molinos de viento generadores de electricidad, algo que jamás hubiésemos podido hacer en ningún sitio si no fuera porque nuestra asociación de estudiantes tenía muchos contactos, entre ellos el que uno de los de mi asociación era un granjero loco de nuestra edad cuyos padres eran los dueños de las tierras donde estaban los molinos.

Yo llevaba mi móvil encima, mi flamante V635, que aunque ya tenía un par de añitos seguía funcionando como el primer día. Subí a lo alto del generador eólico e hice varias fotos con él, aunque no me atreví a sacar el cuerpo por la apertura que había en lo alto. Simplemente asomé la cabeza y pude disfrutar del espectáculo que suponía un atardecer en los campos de Alemania desde setenta metros de altura.

Bajé de nuevo, tranquilamente, ya que íbamos en fila india. Mientras tanto me animé a tomar varias fotos más, ya que realmente me quedaba muy bien el traje de escalador de molinos. Esa fue la última vez que vi mi móvil aquella tarde, además de mantenerse desaparecido durante varios días.

Según bajé las escaleras del molino me dispuse a quitarme los pesados arneses de seguridad que me habían protegido contra caídas o tropiezos repentinos. Me los quité en el interior del molino, en la entrada, junto a donde se cuelgan para su posterior uso por otras personas, ya que habían tan sólo seis o siete de ellos (¿para qué más?).

A continuación salí al exterior del molino. El suelo era asfaltado hasta que bajabas unos cinco escalones y ya pisabas suelo de campo, con un camino que llevaba hasta una carretera, rodeado de verde.

Para volver a casa se nos ofrecieron varios transportes distintos:
-El coche del representante de los molinos de viento, sobre el camino de tierra.
-El coche de la novia del granjero loco, sobre los hierbajos de alrededor.
-El tractor del granjero loco, muy próximo a la carretera.

Mientras decidíamos la organización de coches para la vuelta, sobre el techo del coche del representante nos dejaron un bizcocho que había hecho la madre del granjero loco, el cual nos acercamos todos a coger un pedazo (estaba realmente bueno).

Una vez acabamos de hablar, decidimos Dri y yo que íbamos a volver en el tractor del granjero loco, ya que no teníamos prisa en volver. La razón era que el tractor tenía que volver a la granja y desde allí nos llevarían en coche a la ciudad. Los otros dos coches partieron en distintas direcciones.

De este modo, el conductor se metió en el tractor y otros dos chavales más, Dri y yo fuimos en el gran remolque para paja en el que habíamos venido inicialmente unos cuarenta. En esta ocasión nos dispusimos cada uno en una de las esquinas del remolque, todos de pié, disfrutando de la noche que ya había caído. El granjero loco le llamamos así porque debía creerse corredor de rallyes, ya que movía el tractor como si de un rallye se tratase por los estrechos caminos de tierra y alfaltados, en dirección a su casa.

Sin embargo, no fuimos directamente allí, sino que paramos junto a otro generador eólico, donde descargamos toda la paja restante que quedaba en el remolque. Todo estaba a oscuras y dejamos el remolque completamente limpio puesto que el granjero loco acabó barriendo lo poco que quedaba. A continuación proseguimos nuestro camino llegando a la granja.

Nos bajamos y nos reunimos allí con la novia del granjero que estaba con los chavales que se habían montado con ella. Fue en ese momento cuando me metí la mano en el bolsillo y... ¡me di cuenta de que mi V635 había desaparecido!

Nervioso se lo dije a Dri, quien me ayudó a mirar en el remolque con la poca luz que generaba su móvil, pero como era de esperar, allí no estaba.